Esta fotografía la hice en septiembre de 2017, en una de esas tardes en las que llevaba la cámara conmigo y simplemente caminaba por Boconó buscando algo que fotografiar. No era necesariamente una gran escena. A veces bastaba una esquina, una sombra, unas hojas moviéndose con el viento o una vieja construcción para que me detuviera.
Aquí estaba en el Museo Trapiche de los Clavo, uno de esos lugares que me gustaba visitar. En la fotografía apenas aparece una pequeña parte del conjunto: una antigua casa andina, el techo de tejas, el bambú creciendo alrededor y ese parasol que parece haber quedado esperando a alguien. Me gusta cómo la vegetación casi se apodera del encuadre. Boconó siempre tuvo esa manera de mezclar lo construido con lo verde, sin que una cosa pareciera querer imponerse sobre la otra.
Al fondo, en esa parte más oscura de la imagen, estaba el restaurante Mojos Chichas y Amasijos. Allí hubo movimiento, conversaciones, visitantes y, seguramente, más de un café o algún plato de esos que forman parte de los sabores de nuestra tierra. Hoy, al mirar la fotografía, la silla que quedó allí adquiere otro significado. Ya no la veo simplemente como parte del mobiliario. Parece estar esperando a alguien que no va a regresar.
Yo ya había fotografiado muchas veces este lugar, pero esta imagen tiene algo distinto para mí. Fue una de las últimas fotografías que hice aquel año en Boconó y, sin saberlo, estaba guardando una escena que con el tiempo se convertiría en una despedida. No hubo un momento solemne ni pensé que estaba fotografiando por última vez aquel rincón. Simplemente hice clic y seguí mi camino.
Por eso ahora la miro de otra manera. Los colores que elegí para la edición tienen ese aspecto ligeramente envejecido que me recuerda a las fotografías de antes, como si el tiempo hubiera pasado también sobre ellas. No quería que pareciera una imagen perfecta; quería conservar esa sensación que tenía entonces, la de estar allí, entre el verde del jardín, el olor húmedo de la vegetación y las viejas tejas de la casa.
Es solo una esquina del Museo Trapiche de los Clavo. Pero para mí terminó siendo mucho más que eso: una pequeña porción de Boconó que quedó guardada en mi archivo fotográfico y que, con los años, se convirtió en uno de esos lugares a los que puedo volver sin moverme de donde estoy.
A veces una fotografía no sabe que está convirtiéndose en recuerdo. Somos nosotros, muchos años después, quienes terminamos dándole ese significado.
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