A veces el jardín no solo se huele por sus flores; también se escucha. En Boconó, el silencio es un concepto relativo. Si cierras los ojos un segundo, te das cuenta de que el aire está saturado de conversaciones en otras frecuencias. Son ellos, los dueños de las copas de los árboles, los que marcan el ritmo de nuestras mañanas trujillanas.
Hace poco rescaté de mis archivos una toma de 2013. Eran las nueve y tanto de la mañana, cerca de las coordenadas 9°15'12.9"N 70°14'23.6"W. Me detuve frente a una superficie de concreto viejo, de esas que el tiempo ha ido tallando con grietas y musgo, y allí estaba él: un Cristofué (Pitangus sulphuratus).
Lo que me detuvo no fue solo su pecho amarillo encendido, que contrastaba con la sobriedad de la piedra, sino su postura. No estaba buscando comida ni huyendo de nada. Estaba... mirando. Con esa cresta negra y blanca ligeramente despeinada, apuntando el pico hacia el cielo como quien espera una señal o, quizás, como quien se prepara para lanzar su grito al viento.
El centinela del Jardín de Venezuela
En los Andes no tenemos pájaros tímidos. El Cristofué es, probablemente, el más audaz de todos. En la foto se nota esa mezcla de arrogancia y curiosidad. Me gusta pensar que en ese microsegundo, el ave y yo compartimos la misma duda: ¿qué habrá más allá de esa montaña que nos abraza?
Al editar la imagen, decidí limpiar el fondo. Quería que el espectador se olvidara por un momento del ruido visual y se centrara en esa resiliencia amarilla. Es un contraste que me fascina: la fragilidad de las plumas frente a la dureza del cemento; la calidez de su color frente al frío aire andino que bajaba en ese momento.
Una simbiosis de ideas
A veces uno toma la foto y solo años después entiende lo que "dice". Para mí, este encuentro resume lo que es vivir en Boconó. Es saber que, por muy dura que sea la superficie donde nos toque apoyarnos, siempre hay espacio para inflar el pecho, mirar hacia arriba y, como buen Cristofué, hacernos notar con alegría.
Hoy, cuando vuelvas a escuchar ese ¡Cris-to-fué! que retumba entre los cafetales, fíjate bien. Puede que solo esté avisando que llegó la lluvia, o puede que, como en mi foto, esté simplemente admirando el paisaje que tenemos la dicha de llamar hogar.
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